DERECHOS ESENCIALES


 


DE  DERECHOS ESENCIALES….

                                                                             (©Nora Casali)

    La parte más triste de los últimos años de vida, suele ser la creciente sensación de soledad o desprotección. Se lo debe asumir con antelación, programar – si no hay un evento inesperado en la salud- elegir y comunicar para que toda la familia acompañe esa etapa con acuerdos y la mejor predisposición.

    En el caso de mi madre, ella misma  deseaba irse a vivir a una residencia, con coetáneos por compañía, y la atención médica diaria que su patología requería. Siempre pensábamos con mi hermano, que no había nada mejor que estar en su propia casa, con sus objetos familiares y horarios a su antojo.

    Pero luego de una internación prologada, y con el alta ya dependiendo de equipos externos para respirar, más controles médicos de ciertos valores tres veces al día, entendimos que había llegado el momento de elegir un lugar cómodo, luminoso, con excelentes condiciones de higiene y nutrición y atención permanente de enfermería.

    Fue su último hogar. Vivió bien atendida, cuidada, estimulada física y mentalmente, y haciendo algunas amigas al compartir las tareas de esparcimiento, ver películas, cantar en un coro, y disfrutar de extensos jardines. (Fue muy tierno y emotivo cuando nos entregaron sus cuadernos de tareas, dibujitos, acuarelas y carpetas de acertijos…con otros efectos personales tras la partida)

     Nos turnábamos con mi hermano para ir un día cada uno – a veces con hijos o nietos- en los horarios de visita… ella esperaba cambiada y contenta en el salón de reuniones, y luego nos retirábamos a algunos sillones en galerías adentro o afuera para merendar y charlar con más privacidad. En diferentes ocasiones, sean cumpleaños de alguien, o fiesta de la primavera, día de la Madre, fiestas patrias, y fechas especiales, organizaban hermosas reuniones con actores, cantantes, concursos donde todos participábamos; tanto internados, como familiares, como personal de la institución, lo cual siempre generó un clima de “gran familia”…a tal punto que luego nos seguimos encontrando hijos/as con salidas y programas propios.

      No es fácil esa decisión que supone un desgarro afectivo: mudarse con una valija de ropa, algunos recuerdos pequeños, una radio, fotos queridas, revistas y algún libro. Todo lo demás queda detrás de esa puerta de la casa que se cierra para no regresar… no es fácil tampoco para los hijos cumplir horarios  si queremos ver a nuestros padres. El teléfono fue de ayuda, en épocas en que no existía casi el uso de whatsapp. Amén de la propia conmoción, a veces hay que soportar en silencio los comentarios de otros familiares o amigos que creen que “dos hijos no son capaces de cuidar  una madre en su casa”…sin considerar que determinada condición médica exige a veces esa salida que sólo es salvable en  una institución. Y por otra parte, algo no menor: debíamos reconocer (un poco en broma , un poco en serio) que realmente éramos “viejos cuidando a la viejita” : mi hermano y yo casi setenta años, nuestra madre pasados los noventa!

     Fueron tiempos de mucha intimidad, calma, confesiones y agradecimientos. Siempre consideré esa etapa como vivida en total conciencia por ambas partes entre ella y yo. Deseosas de nutrir el afecto que en otras épocas pareciera retaceado o postergado.

    Por fortuna, el tema de ella era orgánico funcional, pero su mente siempre fue lúcida, sus intereses claros, su memoria prodigiosa. Entonces, en los momentos de visitas, llevábamos el periódico, ricas masas o torta casera, sándwiches, cosas que hacían a la sorpresa de cada encuentro, y el riguroso equipo de mate listo y con el termo a punto …Tratar de respetarle gustos y costumbres de hogar. También le acercábamos una tablet para que pudiera ver y saludar en directo o en grabaciones de videos, a nietas que viven fuera del país. Otro estímulo era repasar fotos antiguas, que ella se ocupaba de describir y narrar anécdotas que hasta el momento desconocíamos… 

    Capítulo aparte era su capacidad de observación: siempre tenía mucho que contar, acerca de los horarios nocturnos, pacientes que daban trabajo, peleítas entre el personal, novedades de los que se iban y los que llegaban, a quienes se acercaba a dar la bienvenida  como habían hecho con ella . Recordaba minuciosamente almuerzos y cenas… Y si no deseaba mostrar quejas por algún plato , nos guiñaba el ojo para que entendiéramos … mientras compartíamos mesita con sus tres compañeras de siempre.

    Algunas  veces había preguntado, con gesto apenado : -“La casa ya está vacía?... vendieron los muebles?”…pero eso nunca estuvo es nuestros planes. Por eso, prudentemente comencé a sacarle fotos a cada ambiente, para que viera que todo estaba impecable, idéntico, en el mismo lugar. Muebles, su ropa de cama, su bata en el baño, sus adornos en las vitrinas. Y para ponerla en un “como si “… le hacía elegir ropa distinta para llevarle, cinturones, alguna pulserita, mirando fotos de sus placares y cajones de cómoda abiertos y tal cual estaban con sus cosas. Ella debía tener la certeza y  la calma de que estaba en otro lugar por su calidad de vida; pero su casa y sus cosas seguían estando a su disposición y manejo a distancia. No se puede borrar una historia y una pertenencia “por comodidades propias o porque ya no volverá allí”. Creo que ese es otro de los miedos en la  avanzada edad : creer que se pasa a obedecer voluntades de sus hijos, perder la potestad de opinión y decisión. Incluso sospechar que se les ocultan temas y no se los considera. Hubo un respeto casi sagrado de nuestra parte para considerar la validez de sus preferencias y su voluntad hasta el último día. Le hicimos entender que nada debía temer al respecto, porque estar en inferioridad de condiciones no la convertía al sometimiento de quien perdió su lugar. Muy por el contrario, éramos nosotros los dependientes de sus necesidades y deseos.

    Es una breve reseña de dos años en que pudimos darle a nuestra madre la mejor calidad de vida –aunque con compañía limitada por reglamentos horarios- Fue prolongar felizmente el mayor tiempo su relativamente buena salud. Algo que consideramos una elección de ella, pero sobre todo una obligación como hijos, personas de bien. Tanto en la infancia como en la vejez , se sobrevive y se vive dignamente cuando los terceros responsables se ocupan de  cubrir todos sus DERECHOS ESENCIALES. Y más, si se puede, porque son los extremos de máxima vulnerabilidad en
la vida.  Quiero decir, que es sobre todo un deber de amor…pero sin lugar a dudas,  una real obligación moral y legal.

    Y en ese contexto y dinámica familiar, llegamos a fin de 2014 o principios de 2015.  Una tarde en que ingreso para la visita habitual, veo una nueva integrante en su mesa –siempre de cuatro personas- Una señora no tan mayor, de bello porte, erguida, con peinado elaborado, elegante vestimenta y maquillaje. Una dama distinguida en todo el sentido de la palabra….

    Sonreía levemente sin mover la cabeza, y desde luego verla tan erguida y tiesa además de su silla de ruedas, me permitió deducir que era tetrapléjica. Estuvimos como siempre, conversando con las otras señoras y un caballero risueño que iba de mesa en mesa, cantaba a veces y hacia muy bien la imitación del Pato Donald…. Cosa que a muchos peques de visita les encantaba, y a otros asustaba.

    En ocasión de estar allí otras tardes, vi que el personal del establecimiento se acercaba muy cada tanto a facilitarle unos sorbos de agua.  Llamaba la atención que casi nunca recibiera visitas, salvo tal vez algún evento o celebración puntual donde todos llenábamos los salones y jardines.

     Pensé que su familia podría ser de afuera. Pero, una tarde escuché a una enfermera que pasó a buscarla y llevar su silla de ruedas frente a uno de los televisores , diciéndole: -“Mirá bien, a ver si aparece hoy tu hijo !”-

    Allí nos dimos cuenta de que su hijo era un abogado conocido en la ciudad, que se postulaba a la intendencia. Ella siempre con distinta ropa de gran elegancia, miraba fijo a ese televisor. No podía hablar ni mover el rostro, así que tampoco  la veíamos expresar emociones. Salvo la mirada, muy atenta y penetrante. Pleno verano, decido darle una buena sorpresa a mi madre. En lugar del equipo de mate y sándwiches, compré un kilo de helado, con algunos vasitos y lo llevé en una conservadora. Indescriptible su alegría, porque en general le preguntaba que quería para la próxima merienda, o cuando fuera mi hermano, pero esto era total sorpresa.

    Deseaba pudiera comer rico esa tarde, y le guardaran buena cantidad para postre una o dos veces más. Le serví un vasito con su gusto preferido (del lugar del que ella era habitual clienta), otro para mí….y de pronto miro a mi izquierda de la mesa, donde recién habían traído a la bella dama. Miraba fijamente lo que mi madre comía y la conservadora llena. Pero, miraba con una intensidad “ que casi hablaba”…

    Le pregunté si quería probar un poco de helado. Dos veces, porque su rigidez y mirada estática me confundían, pero detecté que abría más sus ojos como asintiendo. Fui a la enfermería a consultar si esa internada podía comer dulce, lácteo, helado. Me respondieron que sí, que no tenía limitaciones de dieta, pero que al no mover las extremidades debía ser asistida; y en esos horarios  de visitas el personal  estaba ocupado atendiendo a la gente postrada en dormitorios. Dije que eso no era inconveniente, yo podría hacerlo.

    Le puse una enorme servilleta a modo de babero, y comencé a darle muy pequeñas cucharaditas, hasta ver que todo fuera bien deglutido. Le limpiaba los labios, y seguía con otra porción que saboreaba concentrada y mirándome. -“Te gusta mucho, verdad ?”, le dije.. y esos ojazos agrandados y agradecidos me respondían. Mi madre iba por su segundo vaso lleno… y por un tema de respeto y pudor, para no incomodar a su compañera de mesa, se dio vuelta hacia los ventanales, degustando con pausas otro poco de helado, mientras el sol casi se ponía. La noté reflexiva, y  durante los próximos veinte minutos, ese lugar se convirtió en un santuario minúsculo, donde cada uno de mis movimientos era un ritual de cuidado. La luz de ese atardecer se filtraba por los vidrios, dibujando un tenue halo en el rostro inmóvil de la mujer que seguramente habría sido bellísima en su juventud saludable. En actos sencillos, pero cargados de significado…yo alzaba con calma una cuchara llena de alimento y la acercaba a los labios de una mujer cuadripléjica, sujetando con la otra mano la servilleta en su barbilla. A su lado, me convertí en un canal anónimo para la compasión, y ella casi una flor delicada que se entregaba al rocío que se le ofrecía. Sus labios aceptaban cada cucharada con una profunda paz, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese instante íntimo entre nosotras.

     Ni supe su nombre, ni ella supo el mío. No hacía falta: en el silencio compartido había brotado una conexión ancestral, la certeza de cuidar a quien está solo y necesita. Cada cucharada fue ofrecida con la humildad de quien reconoce y acata un mandato interior: el derecho esencial a la ayuda no necesita apellidos, juicios o vínculos para existir. Así seguimos hasta finalizar.

    Fue allí que mi madre, otra vez sentada en su lugar me miró con lágrimas en los ojos y dijo: -“QUÉ INCREÍBLE! …LAS VUELTAS QUE DA LA VIDA, NO TE PARECE?”-

     Respondí más o menos como pude: -“ASÍ ES! LA VIDA SIEMPRE MUESTRA CON SUTILEZA - A VECES CRUEL –EL CONTRASTE ENTRE QUIENES SOSTIENEN EL DEBER CON LAS MANOS, Y QUIENES LO ESQUIVAN CON PALABRAS FALSAS Y FIRMAS. LA VIDA SE ENCARGA”-

     Lo que había sucedido ese día,  fue que mientras yo acompañaba a mi madre, cumpliendo el deber de hija que honra lo que le fue dado, viví una coincidencia no buscada ni imaginada , cual paradoja feroz que hablaba por sí sola. Ni ella supo mi nombre, ni el hijo supo de mi mano tendida. Pero en el cruce de esa ayuda, se confirmó lo imprescindible: QUE TODA VIDA RECLAMA ALIMENTO,  y que el más pequeño acto de cuidado con amor, es la más profunda forma de justicia. Me sentí privilegiada: esa mujer era la madre del abogado que mediante ardides legales y falacias, había logrado que NUNCA se cumpliera con la justicia debida, dejando sin cuotas de alimentos a mis cuatro hijos. Aunque la Ley cierre bocas con argucias inmorales, el corazón humano siempre sabrá desanudar cadenas: para quien sabe que el amor es ley sin toga, y se cumple con actos, no con fallos.

      Esa noche, en el más hermoso de los descansos, mi conciencia tranquila me permitió confirmar que había superado la contradicción de cuidar con ternura a la madre de alguien que había causado tanto daño a mis hijos… sin permitir que las heridas del pasado desdibujen el acto de humanidad.

       Su derecho esencial se había honrado con mi gesto. Sólo mi madre fue testigo…. Y me dije que tal vez dentro de unos diez años lo escribiría para mis hijos

                                                                                                 (©Nora Casali) 




Comentarios

Entradas populares de este blog

UN PUCHERO VIAJERO...

ALEA JACTA EST ...esta es la casa!

ARROZ CON LECHE, ME QUIERO CASAR......