¿QUÉ SE DICE??...
¿QUÉ SE DICE?...
(©Nora Casali)
Según se comenta, estamos presenciando el fenómeno de una cierta aceleración del tiempo. Son variantes que dominan los físicos, o también quien trabaja con la naturaleza por tener cambios de ciclos inexplicables a la vista.
Pero también la gente mayor lo percibe o así lo dimensiona, cuando de pronto la etapa vital se va agotando, y mirando hacia atrás, todo pareciera "que fue ayer". Sea como fuere, de una cosa estoy segura: no son iguales los niños de hoy que los de ayer. No es igual la adolescencia súper informada, conectada, y demandante de ahora, que la de mis tiempos de adolescencia. Significa esto que tener trece o catorce años antes, era ser literalmente UNA NENA, que ya comenzó el secundario, y -si tiene suerte- está llena de granitos. Fuera de esas características, los gustos, permisos, diálogos, elecciones, tenían la misma vigencia que si hubiéramos recién cumplido ocho o nueve años. Al menos, así fue en mi caso.
Por lo cual, eran épocas de ciertas nebulosas, donde bastantes situaciones se vivían dentro del parámetro : "De eso no se habla"...Y no me refiero a temas de homosexualidad, diversidad de género, aborto, enfermedades venéreas o similares. No se hablaba de cuánto ganaban los padres ( he tenido compañeras que no sabían en qué trabajaba su papá o su mamá...) No se hablaba de preferencias políticas por aquello de que "El voto es secreto".. y durante los tiempos en que no se votaba, era "misterio".
No se hablaba de enfermedades - a pesar de verlas padecer en amistades o familiares- en general esas cosas no se hablaban delante de niños aunque estuvieran ya bastante creciditos.
Mucho menos, hablar de la muerte!!... Se la mencionaba en voz baja y con todos los eufemismos posibles. A la persona en duelo no se le nombraba más la persona fallecida... así "olvidaba" más pronto ( como si olvidar fuera el imperativo, teniendo el corazón roto y el ánimo por el suelo frente a la pérdida de alguien querido).
Pero NO SE HABLABA, aunque la gente se seguía muriendo. Hube de adivinar un día que yo también me iba a morir... eso fue cerca de los seis años.. y tuvieron que dejarme la luz encendida toda la noche durante una semana, porque no quería dormirme y temía despertarme MORIDA.
En todo caso, esa sensación de miedo fue pasando o echada al olvido... Seguramente cuando yo fuera mayor, ya no existiría la muerte tal vez?? Así, llegó el día en mi adolescencia "de las de antes", en que falleció mi abuelo materno, Orlando.
Sólo estuvo internado pocos días, y siempre había sido muy delicado de salud por problemas pulmonares crónicos. O sea, que yo regresé de la escuela y me enteré de que había fallecido, sin detalles, ni muestras de gran emoción - tampoco se usaba llorar siendo adulto, analizo hoy...-
Con poca información o pormenores, me relevaron de la responsabilidad de asistencia al velatorio ( cosa que internamente agradecí, porque siendo muy pequeñita me habían obligado a besar a mi abuela paterna en el ataúd y jamás olvidaré esa horrible impresión).
El cuadro de situación, en este momento, era que mi querida abuela Lucía, esposa del abuelo fallecido, estaba recién operada de cataratas muy avanzadas: por aquel tiempo, esa cirugía requería de internación por dos días, y luego un parche tipo colador de aluminio por una semana; y no moverse absolutamente. Dato curioso y recomendación inútil si las hay: le indicaron que no llorara para no perjudicar el proceso de cicatrización.
De modo que, siendo para mí una visita habitual por ser muy vecinas nuestras casas, me encomendaron acompañar a la abuela, mientras el resto de la familia asistía al velatorio y sepelio. Como tarea extraordinaria, y de la cual estaba muy orgullosa, me dejaron en su moisés a una primita nacida hacía pocos meses. Debería darle el biberón con indicaciones de cantidad y horarios escritos; y cambiarla si me animaba. Pasaría entonces la tarde en esa casita de Alvarado y Casanova, hogar de mis abuelos, ayudando a la abuela en lo que requiriera al estar sentada, y con un ojo tapado.
Sin escuchar radio - por respeto al duelo- tomamos mates, hablando poco...
Yo atendía a la bebé como si fuera un juguete nuevo. La habían dejado a mi cargo y eso me daba la importancia casi de rol adulto. La abuela Lucía, caminaba despacito apoyándose en sillas, suspirando mucho.
Cada tanto me preguntaba: -"Qué hora es?" porque ella no podía distinguir bien los números del reloj sobre el mueble. Hablamos un poco de mis tareas escolares, le hice un té con limón, y luego la gran faena de dar el biberón a mi primita me llevó una eternidad . La abuela preguntaba por tercera, cuarta, quinta vez: -¿"Qué hora es ?"- Suspiraba y caminaba a tientas.
Antes del atardecer, comencé a escuchar el repicar del campanario de la Iglesia del Inmaculado Corazón de María, parroquia cercana, donde me habían bautizado y tomado la Primera Comunión. Me pareció que era muy extraño ese tañer, ya que no era domingo .
Entonces, de pronto la abuela Lucía se levantó.... fue hacia la ventana, corrió la cortina de voilé, y allí quedó: firme, plantada, pegada al vidrio, y sosteniendo un pañuelito arrugado por la humedad de sus lágrimas, apretado en una mano.
Yo no entendía nada. Le pregunté si precisaba algo de afuera, y me acerqué a la ventana; fue asomarme allí y quedar muda, sin saber qué hacer. Cruzando la esquina, avanzando lentamente, esas carrozas fúnebres cargadas de flores, con todo el cortejo de autos conocidos detrás, me hacían mirar alternativamente a mi querida abuelita, y afuera, a cada miembro de la familia que dentro de los autos, la miraban llorando.
El cortejo se detuvo unos instantes. Como si hubiera estado ensayado, la abuela levantó y agitó ese pañuelito, saludando a quien no había podido dar un último beso. Repetía para sí misma -"Qué pena tan grande!!"- y apretaba ese trapito contra el pecho. No agachó la cabeza, no quebró su estampa ni un segundo. Todos sabíamos que veía borroso, la escena debía ser una niebla para ella. Pero desde el otro lado de la ventana, mi madre y mis tíos vieron a una mujer, cual Gioconda, o Madonna, erguida, fuerte, honrando a su compañero de casi cincuenta años de caminar juntos la vida. En la calle, en cambio...desde las ventanillas de los autos que pasaban, se iban inclinando frente a ella, con respeto y llanto.
Y allí estaba yo, un poco más atrás ... pensando: "Qué se dice?". De mi garganta no salía una sola palabra. Tampoco atinaba a darle un abrazo. Estaba petrificada, dándome cuenta de la tarea que me habían asignado: acompañarla mientras delante nuestro, detrás del ventanal se estaban llevando los restos de un héroe de la Primera Guerra Mundial; los lindos años de esperar el regreso del labriego en la colina de Le Marche al finalizar el día. Las épocas de llorar a su primera hijita muerta de meningitis; el tiempo de subirse a un barco sin mirar nunca más atrás. El buen marido, y mejor padre de los cuatro hijos que le regalaron a Argentina; el sembrador de tierras, pero ante todo, un sembrador de paz. Allí se iba por siempre su otra mitad, mientras el cortejo retomaba la marcha y se perdió a lo lejos.
Ella, cual función finalizada, dejó caer nuevamente la cortina, y muy despacio de dirigió al dormitorio, a recostarse.
Mientras tanto, yo permanecía como disociada, sola en medio del comedor, mirando paredes, el reloj, los cuadros, el periódico que compraba el abuelo cada día, buscando la respuesta a: "Qué se dice"?. Nadie me lo advirtió, y mi corazón recién comenzaba a entrever la enorme tragedia de una muerte. Más precisamente, de esa muerte. Sentí que me estaban tomando un examen sin que me hubieran comunicado el tema.
Hoy tengo la edad que tenía mi abuela Lucía ese día. Me recorre la misma sensación de impotencia, y tristeza . Nunca encontré la respuesta...Toda mi vida me sentí en deuda sin saber cómo contenerla en semejante momento.
¿QUÉ SE DICE?
Tal vez su frase repetida ese día como letanía, fuera el único sentimiento válido: "QUÉ PENA TAN GRANDE".
Pero hoy sé que la hubiera envuelto en un abrazo apretado, hasta que ambas nos cansáramos de llorar..
(©Nora Casali)
Excelente texto, Nora. Narra una historia dentro de tu historia de vida, pero pinta una época con todo lo variopinto que ese tiempo transitaba.
ResponderEliminarDispara a otros recuerdos, invita a recordar los propios y a releerlo, lo cual es consagratorio en el ejercicio de la alta literatura.
Mil gracias , Ricardo. Viniendo de vos, es un halago y estímulo importante. Valoro tu generosidad y afecto desde siempre.
ResponderEliminarMuy profunda reflexión.
ResponderEliminarNo puedo identificar al usuario . Podrías presentarte?
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