REGISTRO DE ASISTENCIA

                                  REGISTRO DE ASISTENCIA

                                                    (©Nora Casali ) 

   ...Y un día muy lejano recibo un regalo ni pedido ni esperado, que me sorprendió y alborotó la mente. Tenía delante mío algo muy representativo, singular y motivador, con un inconfundible olor a madera recién salida de carpintería.

    Allí, en el comedor diario de nuestra casa, al costado de la mesa familiar, me habían ubicado algo que me parecía una ilusión óptica: era un pupitre "de verdad" completo, idéntico a los de la Escuela Núm. 6, donde cursaba segundo grado. Idéntico, pero nuevo y en tamaño apenas un poco más pequeño, dada mi edad.

   Mi padre lo había encargado a un carpintero que le estaba haciendo varios trabajos para llevar al campo al completar una oficina. 

    -"Es tuyo, para hacer los deberes" -

    Esa fue la sana intención de mis padres -razonable desde todo punto de vista- que mi cabecita llena de sueños, no pensaba acatar desde luego!! 

      Desde que me pusieron un guardapolvo almidonado, y entré a la escuela, (ya conociendo todas las letras del abecedario, algunas palabras y los números) yo sabía mi destino definitivo: SER MAESTRA.

     Ese pupitre confirmaba que se iban cumpliendo mis designios: yo haría una escuelita en el galpón trasero, al lado de un pequeño gallinero, en nuestro domicilio de la calle Casanova al 200.

   Mis padres lo tomaron con humor y se olvidaron del asunto. Ya había recibido mi sorpresa, y ellos estaban siempre ocupados , por lo cual poco interferían con mi creatividad.

    Mi mamá, viendo que no renunciaba a desplegar la actividad docente, me siguió la corriente, pero fue poniendo las realidades a la vista: el galpón era frío, con techo de chapa, piso de portland alisado; olor a herramientas y taller. Con bolsas de papas y cebollas en el fondo. Pocos muebles viejos arrumbados, llenos de telarañas. Tenía luz eléctrica, es verdad, porque no habiendo ventana, eso era imprescindible.

    Mis escasos conocimientos de historia, habían retenido -cada uno conoce sus intereses y datos afines- que Domingo Faustino Sarmiento  había hecho una escuelita de barro, con techo de paja, y piso de tierra.

   ¿Qué no podría hacer yo entonces, teniendo un ambiente cerrado y un flamante pupitre verdadero?? Me ayudaron un poco a ordenar las cosas, y mi padrino, finalmente me regaló un pizarrón de pared con algunas tizas.

      El tendal para la ropa lavada era un alambre de extremo a extremo del patio, que se subía o bajaba con un palo muy alto como soporte. Palo que automáticamente quedó como consagrado mástil de una bandera que cosiera mi madre con la Singer usada a diario. 

    Mi hermano me llevaba tres años, y ya leía revistas tipo Billiken para sus tareas. Revistas que fueron destrozadas para llenar las paredes del galpón de láminas de próceres, animales, ciclo del agua, el Cabildo Abierto, figuras de geometría, algún mapa que yo desconocía por completo y las fases del poroto en germinación. 

    CULTURA GENERAL, se diría.

    Yo llegaba de mi escuela como alumna, tomaba la merienda y pasaba a MI escuela como Directora, Maestra, Portera.  Iba llevando libros que nadie utilizaba en la casa, lápices y cosas que sobraban de nuestros portafolios, un buen palo  (de un plumero gastado) como puntero, y acomodaba mis efectos profesionales sobre una mesita chueca, (léase: " escritorio del docente"). 

     Nunca me costó mucho hablar, así que las primeras clases, las di a solas, hablando a un alumnado imaginario, y retándolo a viva voz a cada rato. (Una de las escenas escolares reales que más me atraían era la de la maestra imponiendo respeto a los gritos)

   Los días siguientes, fui invitando a amiguitas y primitas de la cuadra. Lo ideal era que vinieran de a dos, para usar el pupitre. Si eran más, habían unas sillas detrás, para aumentar la sensación de aula. Los temas eran aleatorios, casi siempre -¡¡ vaya casualidad!!- los que yo iba aprendiendo en mi grado. 

   Hasta allí, la escuela funcionaba de maravillas, escribiendo en el pizarrón, corrigiendo tareas de amiguitas con lápiz rojo, y cerrando el lugar cuando nos llamaban. El problema comenzó con mi hermano y  su pandilla de amigos, que habían perdido control de  su lugar secreto de reuniones, y también el permiso de entrar para buscar cosas necesarias cuando armaban zancos, barriletes, teléfonos con latas y piolín;  o autitos de rulemanes. Me esperaban afuera  golpeando la puerta de chapa o interrumpían las clases con martillazos y risotadas. 

   Para completar el conflicto, yo me había apropiado de pilas de revistas mejicanas ( así les decían) que Rubén y sus amigos coleccionaban y usaban en la vereda asomando del garage  haciendo feria de intercambio según tapas o años. Quedaban muy lindas en la Biblioteca escolar ( es decir, dos estantes que logré desocupar). Entonces les propuse que si venían cada tanto de alumnos y se portaban bien, yo les ayudaba a clasificar las revistas y me sentaba afuera a ofrecerlas. Y así comenzó  a concurrir según días el alumnado masculino. 

   "Los pibes de Casanova" era el  insólito grado donde todos  los alumnos en edades entre los diez y los doce años eran mayores que la maestra, y me costaba mantener la disciplina.

  Pero yo había hecho un Registro de Asistencia hermoso,  en unas planillas  contables robadas a mi papá:  era hipnótico ver tantas columnas con todos los nombres,  edades, cumpleaños. La verdad es que el único momento serio de esas clases con ellos, era el formal de tomar asistencia, donde respondían el "presente" con aparente respeto y yo marcaba mi registro con una tilde. Luego, hacían lo que querían en el pizarrón, se tiraban papas entre ellos, me asustaban atrapando y guardando lauchitas, masticaban caramelos traídos del almacén de Doña María - mamá de Miguel Ángel -escondían la bandera y lograban quedarse a solas, porque la maestra se retiraba enojada a contarle a la mamá su frustración. Como actividad "en serio", ciertos días todos estaban callados y concentrados, porque venían a la escuelita a hacer sus deberes o estudiar. En eso yo no podía colaborar, me llevaban ventaja. Algunas veces se agregaban amigos de calle Alvarado, (Vicente Zega, Cuni Larrea); o de calle Mitre ( Ricardo Santos o Polo Caló)

    Teníamos frecuentes horas de música en el living, con repertorio para cantar típico de iniciados en estudios aburridos. Tanto Enrique O. Sgattoni como yo, estudiábamos piano, y teníamos uno en cada casa. La mamá de Enrique nos invitaba a merendar, y tomar la clase de música grupal allí cada tanto. Fueron algunos meses, creo, pero muy intensas las cosas que se me ocurrían, y llenaban mis tardes. Llegadas las vacaciones, se terminó todo eso, y no podría recordar donde finalizó ese pupitre (disparador de actividades) cuando nos mudamos de esa casa, ya años más tarde.

         Como los sueños con objetivos firmes a veces se cumplen, fui maestra durante años en Jardines de Infantes, y también Profesora en aulas de Secundario muchos años más. Sin gritos a los alumnos, con alegría y vocación real, a medida que avanzaba la vida y pasaban las etapas....lejos ya de la calle Casanova, y siendo mamá de cuatro hermosos niños .

    Los "Pibes de Casanova" se fueron dispersando, por distintas carreras, o trabajos . Mi hermano se instaló en el campo y formó su familia. Otros, ya distantes del barrio céntrico; y uno de ellos incluso, radicado en Estados Unidos.  Pero manteniendo el afecto intacto y el contacto cercano cada vez que podían coincidir, no con frecuencia, sino cada dos o tres años.

    Oportunidades en las cuales el agasajado o motivo que los convocara era Néstor Arroyo , que llegaba de otro país y quería ver a todos . Por mi parte , lo invitaba a comer a casa o en algún restaurante y nos poníamos al día acerca de sus singulares viajes, actividades, o novedades familiares. Manteníamos los últimos tiempos buena correspondencia vía eMail, incluyendo intercambios de relatos, ya que Néstor escribía muy buena poesía en inglés ( yo debía traducirlas) Evidenciaba añoranza en algunas  de sus frases, sobre la edad de la escuela primaria y sus sensaciones recordadas.

   En una de esa charlas con Néstor surgió la inquietud de reunirnos - es decir  todos ellos como siempre-  pero conmigo, evocando esos cómicos días donde desde mis siete años era la autoridad del galponcito con bandera. Y comenzamos a planear con mi hermano la futura reunión en próximo viaje del "extranjero". La última vez que vino Néstor, preferimos postergar,  porque estaba en su pre operatorio uno del grupo, Enrique. 

    Quedando a la espera del próximo viaje, se fueron complicando cosas en la salud de todos. 

   Luego, la Pandemia...

   Luego, la vida...

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   2025-  Finaliza el verano, pero queda en esta conocida  cuadra aroma a flores de acacia.

    Estoy estacionada en la calle Casanova al 200. Más precisamente, 273. Muchas casas están iguales; otras fueron demolidas, hay algunas convertidas en pequeños edificios horizontales. 

    El almacén de Doña María García no funciona más, pero su fachada sigue intacta.

    Camino por la vereda, sabiendo que el galponcito está ahí al fondo, oculto (tras la fachada de mi ex casa que han remodelado en su frente) como un recuerdo enterrado. O tal vez lo han volteado? No puedo verlo ni acercarme, pero su presencia me late en algún rincón del pecho.

    No me atrevo a tocar ese timbre. Sería una invasión y algo incómodo.

   ¡Qué difícil lo que pretendo! ¡¡Hay que tocar la campana una vez más!!

    La de la memoria emotiva, que no falla. Pero el encuentro debe producirse...

   ¡Qué difícil!

    Pero lo haré, porque los extraño, como parte de un trozo de mi infancia que no pude recrear con el abrazo adulto que planeabamos. Y porque esa patota de grandes amigos se lo merecen.

    Sin dudarlo, vuelvo al auto. Me siento al volante y, antes de girar la llave de contacto, decido que este será mi galponcito ahora, mi aula improvisada donde todos ellos caben.

    Respiro profundo...

    Golpeo suavemente el tablero como llamando al orden, y digo: -"Atención, que voy a pasar lista"- con ese tono que usaba para imitar a las maestras, ahora entre sonrisa y lágrima. Ya otras veces di clases hablando a solas. Muevo los dedos sobre el volante como si hojeara un Registro de asistencia.

  - Omar Enrique Sgattoni ( era el mayor, y quien lideraba a veces):"ausente con aviso". Felicitaciones!!, Gran Oftalmólogo prestigioso, hiciste una Clínica propia que continúa exitosamente. Con una hermosa familia que sigue tus pasos.

   -Miguel Ángel García Montero : "ausente con aviso". Quién hubiera dicho a Doña María, que serías el Contador Público de gran trayectoria, incluyendo labores de Funcionario. Con hijos y nietos que te adoran.

   -Rubén Alfredo Casali: "ausente con aviso": Gran estudiante, gran jugador de ajedrez, gran lector. Hijo responsable que asumió la continuidad del emprendimiento paterno. Comprometido con entidades educacionales rurales y locales. Con hijos y nietos que te extrañan

    -Néstor Alberto Arroyo: "ausente con aviso": El Ingeniero Químico que luego se destacó como Doctor en Estados Unidos, aportando productos innovadores para la industria médica. Radicado por siempre en ese país y formando hermosa familia.

   -Juan Carlos, Bretti: "ausente con aviso": Luego del secundario, Saldungaray y Estomba fueron los destinos para forjar un buen futuro, y  dar buenos horizontes a hijos y nietos.

    Los nombro lentamente uno a uno, evocando cada huella que dejaron.

    Queridos "Pibes de Casanova": se graduaron en la vida; pasaron todas sus pruebas...¡¡Vuelen alto todos juntos!!. Honro sus pasos fecundos por esta estación, y les agradezco los instantes compartidos.

    El auto avanza despacio y casi solo por calles que conozco de memoria. Miro por el espejo retrovisor, como si esperara ver a alguno de ellos corriendo detrás. Pero no...

   Subo el volumen de la radio, y como si el Universo decidiera hacerse cómplice, empiezan a sonar los primeros acordes de "Qué tiempo tan feliz " ( de Tormenta).La melodía se despliega suave, me envuelve como si fuera un manto cálido. Mientras me alejo, dejo que la canción me lleve a las pilas de revistas mejicanas, a los autitos con rulemanes, y a mis rayuelas que siempre terminaban pisoteadas por ellos.

    Cierro los ojos un instante en un semáforo en rojo, absorbiendo la voz de Tormenta en el alma. Al abrirlos, siento que llevo conmigo a todos, como si los estuviera escuchando charlar, discutir, reír como entonces.

    Cuando acelero, no temo perder nada, ya no me voy del barrio. Lo llevo conmigo.

                             (©Nora Casali ) 

                          


                        https://youtu.be/4kr7VjX6f6c?si=CxlGj2WyUxIMSG1H







 

    

Comentarios

  1. Finalmente logré recopilar fotos de infancia de Enrique, Miguel Ángel, Néstor y Rubén. Así como los recordaba y deseaba quede su imagen. Ahora pueden responder comentarios . Estaba bloqueada involuntariamente esa opción.

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