SAPO DE LA NOCHE, SAPO CANCIONERO...
SAPO DE LA NOCHE, SAPO CANCIONERO...
(©Nora Casali)
Veranos cálidos en el campo, en tiempos de cosecha. Coincidentes con vacaciones del período escolar, por lo cual se prolongaba la estadía desde fines de Noviembre hasta principios de Marzo. Muy pocos viajes relámpagos a la ciudad o al pueblo mas cercano, por víveres, o temas de repuestos de maquinarias.
Las fechas comprendían también las fiestas de Navidad y Año Nuevo, pero si no llovía por esos días -cosecha suspendida hasta secarse espigas- era tan intenso el ritmo y horarios de trabajo en los adultos, que se cenaba temprano y a dormir sin esperar la medianoche.
Poca diversión por esas épocas, sólo caminar, bañarme en tanque australiano con reformas devenido a casi piscina, ayudar en algunas cosas, juntar insectos, leer algunos libros nuevos y repasar otros , y visitar con mi madre a familiares de la zona. A veces podía invitar por unos días a alguna compañera de la escuela, pero en general estaba sola, y entonces les escribía cartas, que luego eran despachadas desde la estación de Lartigau y tardaban cinco días en llegar a B. Blanca, lugar que yendo en auto quedaba a menos de tres horas.
Por aquel tiempo aún no había energía eléctrica, y la luz era de lámparas con combustible, o de mecha. Un motor generador muy ruidoso, aportaba luz general a la hora de cenar y ducharse; y luego al apagarse esa energía, se desvanecía paulatinamente toda claridad dejando la noche asomándose por banderolas y paneles tipo vitró del gran living,
Silencio y descanso. Cada media hora sólo sonaba el gong de un reloj de péndulo, y se escuchaban crujidos de madera de pinotea de los pisos o de algún mueble. A veces también podían escucharse ladridos de perros lejanos, un relincho, grillos, cigarras, sonidos de la naturaleza .
Yo escuchaba todo eso, porque no me dormía de inmediato. No podía leer sin luz, y mi único panorama era el mundo exterior desde las enormes ventanas abiertas totalmente por el calor. Adentro, espirales por los mosquito desde luego.
Las noches muy claras, me ponía a mirar formas de las nubes en el cielo, o perfiles de las ramas de altos árboles. Por eso recuerdo particularmente una noche de luna llena...tanta claridad que los muebles de mi dormitorio se veían por completo. Era una semana especial, porque se me había permitido llevar la pequeña radio a pilas, para escuchar el Festival de Cosquín ( en volumen mínimo, eso si!). No se debía escuchar desde ninguna otra habitación.
Mis primas y yo habíamos conocido ese año a Hernán Figueroa Reyes, lo habíamos llevado a recorrer nuestra ciudad, y habíamos compartido empanadas y guitarreadas en familia. Por lo cual no quería perderme una sola noche del festival, esperando "El corralero" y su singular voz. Pero no participó ese día... y en cambio una de las canciones que cerró el espectáculo fue: "Sapo cancionero", hermosa zamba que interpretaban Los Chalchaleros. Cuando apagué la radio, veía esa luna redonda, y la claridad hermosa del exterior...el ventanal tenía más de dos metros de altura, parecía una puerta.
Todos dormían, la casona cerrada con llave y una gruesa tranca de madera atravesada como se acostumbraba. Mi cuarto daba a la parte trasera de la casa: me senté en el alféizar, salté a la veredita, y fui rodeando todo ese casco cuadrado, iluminado por total claridad y silencio... atravesé un enorme monte de eucaliptus y pinos, luego el cerco alto y sólido de ligustro. Y allí comencé a caminar por el sendero ancho de acceso, ya a campo abierto y con el cielo estrellado encima mío. Era una sensación especial, una mezcla de euforia y libertad... me iba alejando de la casa, y escuchando más nítidamente ruidos sutiles, roedores entre los pajonales, alguna lechuza o búho, perros muy lejanos - los nuestros me habían olfateado y volvieron a sus cuchas a dormir- se escuchaban incluso ruidos de animalitos que no se perciben en el día.
Completaba mi fascinación ver la cantidad de luciérnagas. Lamenté no haber llevado un frasquito, donde a a veces las encerraba, para ver sus luminiscencias en grupo.
Pretendía llegar a un arroyo cercano, para ver si encontraba sapos cantándole a la luna ; pero me di cuenta de que era demasiado lejos, fuera aún de mi campo visual. Me senté sobre la tranquera, cantando zambas, y mirando desde un poco más alto el panorama entero. Podía ver las sierras, y los bajos que daban a un pequeño valle en el campo quebrado. Primero sentía una leve brisa agradable, pero luego empecé a notar más el aire fresco. No tenía idea de la hora, ni cuánto había tardado en ese recorrido lento desde la población y galpones hasta la inmensidad de llanura.
Un aullido de zorro , me sobresaltó un poco; por lo repentino, aunque sabía que no se acercaría ningún animal. Pero, viendo que la luna no estaba ya tan grande ni tan luminosa, y se iba alejando hacia el horizonte, decidí que mi bello paseo nocturno debía finalizar y emprendí el regreso.
A mí no se me ocurrió evaluar el camino recorrido...Salir había sido un deseo que me permitió vivir una experiencia inédita , pero el regreso no me parecía atractivo. Desandar ese ancho camino, de pronto me iba acercando a una mole oscura, una negrura que se me hacía impenetrable al ver ese monte cerrado y casi amenazante y desconocido.
Tenía que caminar de todos modos, porque no podía quedarme allí, no podía esperar el amanecer a la intemperie. La negrura, llegando al cerco de ligustro era total, sin claridad y sin estrellas. Esa oscuridad densa no comenzó con los árboles, sino un poco antes, cuando la última claridad del sendero quedara atrás. Al dar esos primeros pasos hacia el límite no iluminado del monte, algo se me desacomodó por dentro.
Podía intuir apenas el contorno sólido de los troncos, el crujido del suelo al pisar ramitas que no podía ver, sentía el roce "de algo" que no veía, pero me obligaba a girar la cabeza. Nada era hostil, pero todo estaba cargado de esas presencias mudas que una se inventa cuando queda sin seguridades a la vista. Seguir avanzando no era "una opción", era lo único posible: detenerme hubiera sido peor, y hubiera significado permitirle al silencio de esa oscuridad hacerse más grande y duradero. Todo era un telón espeso, sin fondo, parecía que los árboles se hubieran devorado el cielo. No se escuchaban más grillos. Tampoco me animaba a llamar a los perros para no gritar. Nadie sabia que yo estaba afuera, nadie me esperaba, y debía atravesar el lugar a tientas, casi sintiendo más con la piel que con los ojos, la oscuridad que iba cortando. Pero avanzaba, con la piel de la nuca erizada, esperando no tener que repetir esa experiencia nunca más,
Quiero decir: en ese momento, seguir avanzando era la consecuencia de una decisión previa: haberme ido por mi cuenta, sin permiso y sin aviso. Y SIN LINTERNA!.
Ya iba percibiendo el contorno de la casa. Haciendo varios metros más, con los músculos tensos y la boca seca, sabía que del otro lado estaría el calor conocido de mi dormitorio, las ventanas abiertas como las había dejado, las paredes que protegían. Detrás? no quería mirar.. sólo quedaba la noche inmóvil.
Cuando pisé la vereda y mis ojos ya acostumbrados me guiaron con comodidad a la parte trasera, entré y sin saber por qué ( o sí lo sabía esa noche), cerré herméticamente los ventanales.
Esa vez dormí más horas. Cuando me levanté, traté de ordenar mi mente porque por momentos pensaba que había soñado mi aventura. No la había soñado, las alpargatas estaban sucias de corteza húmeda y fresca.
No podía contarlo porque ignoraba las medidas que podrían tomar mis padres. Recordar la luna llena, los sonidos distintos, la brisa mientras estuve sentada en la tranquera, a más de trescientos metros de la casa, era algo imborrable, que revivo cada vez que escucho o canto "Sapo cancionero".
Lo vivido y afrontado al retorno, lo ubico no como miedo concreto a algo, sino como el costo de mi elección previa: y esa contradicción de elegir avanzar a pesar del temor, también era la libertad elegida. Muchas veces, a partir de esa experiencia , pude enfrentar esas angustias " sin claridad a la vista", sabiendo que no todo lo que asusta viene de afuera; y que lo único importante es responder con acciones coherentes a esa parte interna que pregunta: "Estás lista para sostener lo que elegiste"?
Pasados unos días, más tranquila, estuve a punto de contar a mis padres la hazaña de la que ya me sentía orgullosa. Pero no estaba "el horno para bollos..". en plena cosecha mi padre tuvo que despedir a uno de los empleados, y estaba trabajando agotado y buscando personal nuevo.
Mucho tiempo después, por casualidad escuchando una conversación con otros vecinos del lugar, mi padre les explicaba :-" Lo único que les pido en épocas de cosecha, NO CHUPAR!!... y el tipo viene a decirme que de noche ve como un hada vestida de blanco que viene entrando por el camino. Y se queda dormido después. Borracho de mi.......!"-
(©Nora Casali)
https://youtu.be/Ak4zFmusyC8?si=i-YEU8oIsGhQHzQC

Relato magistral. Y un remate inesperado...
ResponderEliminarSé que te hubiera gustado leerlo en un encuentro de catas!...Nunca hubiera imaginado que el pobre testigo solitario de mi aventura sería convertido en el eje, con ese "rulo literario " del final! Como sabemos, la mirada del lector completa siempre la tarea del escritor!
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