UN PUCHERO VIAJERO...
UN PUCHERO VIAJERO
(©Nora Casali)
Por dónde comenzar?
Por los ingredientes, claro!! Para un buen puchero invernal.
Estimo sería el mes de Julio o Agosto de 1984, exactamente un lunes de intensa helada, con vidrios empañados por el frío exterior hasta casi el mediodía.
Todas las condiciones dadas: el frío, los ingredientes a mano, una familia de niños pequeños por alimentar; y mi propio gusto por el buen comer agregado al placer inmenso de cocinar (no siempre van juntos...)
Dato imprescindible: hacía poco más de seis meses que había efectivizado mi renuncia en mi cargo Titular para acompañar por unos años a tiempo completo la primera infancia de mi prole. Por lo cual, la cocina solía estar funcionando a cuatro hornallas, y mi vestimenta habitual era una bata larga y abrigada, hasta la tarde.
Un buen puchero tiene bastantes ingredientes, y distintos pasos: la clave está en no mezclar ciertos vegetales en la olla principal del caldo que luego se debe filtrar y desgrasar. Por ejemplo, los zapallitos o las verduras le darían color oscuro; y las papas enturbian el caldo. Entonces, esas hortalizas van en cacerolas y tiempos aparte.
Por lo cual ese día, una vez espumada totalmente toda la carne con buenos huesos y caracú, había agregado en una olla "tamaño regimiento", las zanahorias, los choclos, alguna batata, los garbanzos precocidos la noche anterior, calabaza, puerro, unas cebollitas enteras, un manojo de hojas de apio. Las papas enteras y zapallitos de tronco estaban en ollita aparte para integrarse al final al servir.
Jamás intentaría emular a cocineras o chef alguno: sólo recuerdo haber estado muy atenta al proceso, midiendo tamaños y tiempos: cocinar siempre fue para mí -y lo sigue siendo- una tarea de total concentración de mi parte, algo así como una meditación o abstracción; a la vez que adecuar cortes y formas con una meticulosidad de laboratorio, y un clima de cierto relax en medio de aromas, vapores, ruidos familiares de utensilios usados y lavados. Ruidos exteriores a mi tarea, por otro lado: fondo de radio o tele, niñitos jugando, cantando, riendo, peleando, llorando.
La vida en invierno, todos adentro, con altibajos en resfríos, aburrimientos o berrinches.
Comencé a poner la mesa, apartando verduritas para el puré amarillo de la beba menor. Y llevé a los niños a ordenar un poco los juguetes diseminados y a lavarse las manos. El olorcito a puchero ( sobre todo con exquisitos choclos) prometía excelente almuerzo.
Y desde el horno, emanaba el aroma a pancitos caseros, infaltables a diario en nuestra casa.
Hasta acá he procedido a la descripción de la primera parte del título : "EL PUCHERO".
A continuación, los sucesos desencadenados que llevaron al final del título: "...VIAJERO".
Ya sentados a la mesa, sonó el timbre: fui a la puerta y me encontré con tres niños de distintas edades. Dos de ellos con guardapolvo y mochila escolar, y el más chico bien abrigadito y de la mano de su hermana mayor. "-Hola, soy Vale, de la casa nueva de la esquina, hermana de Memo: (Memo, de cinco años, era amiguito de vereda y del Jardín, de Fabri). Puedo dejar acá a mi hermanito hasta que salga mi mamá del trabajo, a las 15,30hs?. Nosotros tenemos que ir a la escuela, y esta mañana no llegó la chica que ayuda en la limpieza"-
"-Sí, por supuesto! Justo estábamos por almorzar, así que estará bien cuidado y jugando hasta la tarde"-
Y ME SALIÓ LA PREGUNTA DEL MILLÓN:
"-Ustedes comieron?"-
(- - - - - ) ...............................................(- - - - - -).
Vale me miró un instante y en voz baja respondió: "No"
En un instante, preparé una Pyrex ovalada profunda con carne, batata, choclos, calabaza, garbanzos, dos papas. Calientes, humeantes aún. Envolví con un repasador y se la alcancé. "-Vayan a comer algo calentito! No pueden ir a la escuela en un día tan frío sin alimento en el cuerpo. Memo almorzará con nosotros"-
Ella me agradeció, y como había unos minutos de tiempo, salió con el hermano para su casa con la Pyrex en mano, dejando a Memo ya sentado a la mesa junto a su amiguito.
Y así una parte del puchero, partió "itinerante" por una buena causa.
A las 15,30 hs. pasó Fanny a buscar a Memo, agradecer y presentarse a la vez, porque eran nuevos en la ciudad y el barrio. Siguieron las rutinas de la tarde, con las tareas domésticas cotidianas, juegos, lavados, meriendas, alguna siestita de la bebé.
Día normal, como siempre, hasta la llegada del papá de los niños, al atardecer.
A LAS 18 hs. más o menos, tocan timbre, y otra vez era Vale, que venía a devolverme la Pyrex.
-"No te hubieras apurado tanto!!... no hacía falta, con este frío. Tengo más fuentes"- le dije enseguida.
Ella se puso roja como una remolacha y respondió: "Mamá dijo que le devuelva su puchero, porque nosotros tenemos que saber valernos solos"- Levantó el repasador, y allí estaba intacto el exquisito puchero sin probar!!. Y remató con una sentencia tremenda: "Dice que si no me atrevo a devolverlo, ella lo tirará en el fondo del patio, y no me parece bien "-
-¿QUIERE DECIR QUE USTEDES HOY FUERON A LA ESCUELA SIN COMER? Decile a tu mamá que cuando pueda, pase por casa a conversar un ratito conmigo (...me era imposible salir en ese momento con los cuatro niños)
Yo no lo podía creer: allí estaban los choclos, antes brillantes como sol al mediodía, pálidos, arrugados y pegoteados; las batatas, sumidas y marrones, y el caracú... AY!!, EL CARACÚ!!...parecía que me estaba mirando con el ojito redondo y vacío de médula de tanto ir y venir, como diciendo: "Me han vaciando el alma, y ni siquiera nadie me chupó el sabor con una cuchara". Allí quedé, hablando -casi disculpándome- con el puchero desmejorado y frustrado. Mientras, esperaba a LA VECINA DEL PUCHERO (Se llama Fanny, pero en adelante nos hemos recordado recíprocamente como "las vecinas del puchero") para que me explique o justifique semejante rechazo y devolución del paseado alimento.
Hasta que una hora más tarde, vino a aclarar el tema del día.
Las dos estábamos bastante enojadas, si bien manteníamos la calma - tensa calma, se diría- Cada una tenía algo que decir, y era muy extraño y doloroso para ambas ese momento.
No estábamos enojadas entre nosotras: ella- era evidente- estaba enojada con su hija. Por mi parte, me sentía indignada por la situación en sí. También me apenaba la medida estricta con Vale, dado que una de mis normas es "Alabar en publico, corregir en privado", y la había expuesto a un bochorno innecesario.
Recuerdo haber pensado: "Qué mujer desquiciada!... impedir que sus hijos coman algo nutritivo por un exceso de celo en sus normas!".
Por su lado, supongo ella se habrá dicho mentalmente: " Por qué tendré que dar explicaciones a una desconocida que traspasó el limite de mis indicaciones, invadiendo y poniendo en contradicción a mi hija, con su fuente de puchero cual un mandato a su gusto?"
Ante todo le expliqué que en ningún momento Vale me había pedido comida o manifestado nada al respecto: había sido yo la única responsable, al preguntar y ofrecerle con naturalidad una comida caliente. Ella era consciente de eso, pero si bien mi posición apuntaba al simple deseo de que unos niños no queden sin comida al ir a la escuela, ella tenía un concepto más ejemplarizante que a todo costo pensaba aplicar. Es decir: siendo nuevos en la ciudad, y sin familia cercana, se habían establecido puntos de acuerdo, para que la madre pudiera asumir un trabajo varias horas fuera del hogar; y los niños- ya en edad escolar- supieran resolver mínimas cuestiones o contingencias.
Por ejemplo, la eventualidad de que falte el personal doméstico. Fanny afirmaba que ellos tenían víveres en la heladera, latas, etc. Y no debieran haber aceptado comida ajena. Yo sostenía que era irrelevante el origen o la iniciativa; y en cambio era básico que en invierno, los niños hubieran tomado su comida caliente.
Claramente, éramos dos mujeres en distintas etapas y opción de forma de vida familiar. Yo había renunciado al horario laboral, para abocarme 24/7 al cuidado de mis niños todos aún muy pequeños. Ella apostaba a una organización familiar donde todos cumplieran sus roles, y así poder insertarse profesionalmente, con el soporte de personal externo a sueldo.
La primera infancia marca una etapa vital en el desarrollo de los niños, y la maternidad abre un escenario de decisiones que atraviesan la vida personal, familiar y social. Entre ellas, una de las más debatidas es la elección de dedicarse de lleno al cuidado de esos primeros años; o bien priorizar la continuidad laboral, delegando parte del cuidado en otras personas o instituciones.
Ambas elecciones tienen virtudes y desafíos inherentes.
Quien opta por quedare en el hogar, asegura el vínculo intenso y constante (etapa clave para el apego y seguridad emocional); más allá de tener un control directo sobre rutinas, estímulos y valores a transmitir. La contrapartida puede ser un aislamiento social y profesional (que yo había evaluado como "pausa", durante la cual también crecer en otras direcciones) Y la sobrecarga a nivel físico y emocional, al no tener respiro, ni personal de apoyo externo. Confiaba plenamente en mi buena salud y gran energía. No fue detectada nunca esa sobrecarga.
Quien, en cambio, opta por su trabajo y delega cuidados, seguramente mantiene su identidad profesional, y asegura que los niños socialicen tempranamente con adultos y deban enfrentar situaciones sin los padres presentes. Siempre hay riesgo de un vínculo más frágil, si no se lo compensa con absoluta buena calidad en los pocos tiempos compartidos. Y también hay una dependencia a veces estresante, respecto a la disponibilidad y calidad del personal de apoyo.
Pero en este caso, ambas ejercíamos la maternidad plena, dentro o fuera del hogar; ambas teníamos conocimientos más que suficientes sobre la psicología emocional de la infancia. Y responsabilidad a la vista. La sutil diferencia en mi postura de "gallina con la nidada", era la corta edad de mis peques: etapa que Fanny ya había superado. Pero en ese diálogo concreto, pude percibir el equilibrio consciente del cuidado de sus hijos con un vínculo emocional sólido, y la legítima intención de su desarrollo profesional.
Cuando dos madres seguras de sí defienden posiciones distintas frente a un evento que involucre el modo de accionar opuesto al propio, puede asomarse el orgullo como un invitado travieso y molesto: entonces las convicciones toman la voz de la razón, y la defensa de ambas se viste de argumentos...
Pero lo que permaneció intacto fue el respeto. Con caminos distintos e ideas encontradas, nunca fue una competencia el objetivo: sino escucharse, comprender, y validar cada verdad desde la buena fe que había movido las acciones de las dos.
Ese respeto, se convirtió tiempo después en aprecio y admiración mutua (incluso en algún momento, hemos compartido algunas actividades académicas). Y más adelante, en afecto genuino, hasta el día de hoy... en que viviendo lejos, solemos comunicarnos y disfrutar de algunas fotografías de hijos y nietos.
No puedo dejar de mencionar, que al poco tiempo, venían con bandejas vacías a esperar que salieran del horno los pancitos rellenos de jamón y queso!. Y que, a la recíproca yo fuera invitada a degustar el auténtico chipá que preparaba la abuela, cada vez que venía de visita desde Misiones, trayendo la harina especial.
Del puchero, no hablamos más. Pero ese día fue muy doloroso para los cuatro: Vale, Fanny, yo, y el sensible Caracú "tuerto", con su expresión desconsolada, al perder un contenido que nadie comió.
(©Nora Casali)

Una historia narrada magistralmente de tal manera que el inicio nos lleva a pensar en una dirección que la aurora -entre astuta y casual- nos sorprende con disquisiciones variadas sobre la educación, la crianza y la amistad. Es decir, como hace siempre Nora...
ResponderEliminarAsí es, querido amigo!. La vida se encarga de producir hechos que se encadenan de modo un poco insólito!!
EliminarQue genia Norita amo tus narraciones. Es cómo estar en cada lugar hasta olfatear obsolutamente todo. Gracias por tu vivencias narrada con tanto amor 💘
ResponderEliminarGracias, Fer!!. En este caso estaba en eventos culinarios.... Y vos sabés bien de mi gusto en esos temas!!
EliminarExcelente, momentos intensos, madres con fundamentos bien definidos y respetuosas. El puchero delicioso como tus narraciones.
ResponderEliminarGracias, Inesita!. Fueron tiempos de bebés en casa. En el barrio anterior a Brunel, cuando fui también tu vecina - sin pucheros de por medio!- jaja!
EliminarExcelente relato. Muy entretenido, muy bien escrito y de lectura amena.
EliminarMe alegra, y agradezco tu aliento -también por teléfono- Y , como te dije, en cualquier momento aflorará un recuerdo donde te reconozcas en el relato!
EliminarAnte todo, que delicioso puchero, me recordó viejas épocas. Genial relato de dos madrazas, respetandose ante todo sus diferentes formas de crianza y educación de sus hijos.
ResponderEliminarAnte todo, qué alegría leerte por acá!... me alegra que te haya gustado y se haya entendido la esencia. Del puchero, has de saber que si te hacés un viajecito a mi ciudad, lo tendrás asegurado en el menú de recepción!.
EliminarHermosa historia , crianzas muy diferentes , con mucho amor en ambas .Me sentí muy identificada con la escritora ; los primeros 6 años de mis hijos fui mamá full time , POSTERGUÉ todo lo que deseaba hacer en aquellos tiempos , y finalmente lo concrete más adelante. Ahora miro para atrás el camino recorrido y estoy feliz de. haber tomado esa decisión
ResponderEliminarCuando se decide responsablemente, y no se sigue la corriente, los resultados están asegurados. Hay tiempo para todo, mientras haya vida!!
EliminarOhhh Nora!!! Que relato, que de enseñanzas deja . Hasta lagrimie, estoy sensible. Gracias por acompañarme en este momento de mi vida tan especial. Se te quiere y mucho! Cecilia
ResponderEliminarGracias Ceci!. Fuerzas en este momento... Y se trata de compartir con gente sensible- como en tu caso- sucesos que dejaron marca en el corazón.
EliminarHola Nora, llegò este relato y recordé tu simpatía y energía. Ese puchero debiò haber estado buenísimo y el caracú pobrecito no tuvo su pan. Escribís muy bien. Recuerdo una carta a máquina q le hiciste a mi vieja cuando por accidente dejò la factura de Borgani en una caja de una juguete para Fabri en su cumpleaños. Uds ya vivían en Brunel. Abrazo
ResponderEliminarEmiliano!! qué gusto leerte!.. mil gracias por tu comentario sobre el puchero ( estuvo rico seguro... en casa al menos!! jajaja!.No recuerdo el tema de la carta , y tampoco el tema de la factura. Increíble como todos tenemos memoria selectiva, no?. Valeria no se acuerda de este hecho del puchero! Te mando un abrazo gigante. Me encantó saber de vos!
EliminarMe hiciste dar ganas de comer puchero!!! Jaja. Cuantas posturas diferentes hay, frente a una misma situación!!, todas tienen su argumento, su razón, y es lo q llaman abrir la cabeza, pero las q salen del corazón abierto, esas son las q priorizan. Hermoso relato,.......como siempre. 😍
ResponderEliminarGracias Emi!. En efecto: gestos que creemos sencillos, develan tramas internas que ayudan a pensar y siempre son aprendizajes.
EliminarMe encantó!
ResponderEliminarMuchas gracias!. Quién eres?
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