CUIDA A MI NIÑA
CUIDA A MI NIÑA
(©Nora Casali)
¡Qué buen tema, el de las visitas sociales y familiares de antaño! Si retorno a mi niñez en la mente, una de las actividades más desaparecidas en el presente, era la costumbre de hacer visitas entre gente del barrio, la familia cercana; o la más lejana con personas que por lo menos había que saludar una o dos veces al año.
Aparte, desde luego, de las no habituales pero incluidas como compromiso tácito: pasar a ver enfermos, presencia y salutaciones en nacimientos, visitas de pésame a deudos, ir a mirar regalos de bodas sin haber sido invitados a ella. Pero la mera "Participación" habilitaba a la visita de cortesía, y de ser posible probar la torta, mientras se analizaba nivel de regalos (la tarjetita delataba al emisor); y comentar cuanto fuera de interés en dicho evento reciente.
Obligación total, acercarse en los cumpleaños: no era necesario el anuncio de fiesta, pero las casas se adecuaban con esmero y muchos aromas a dulces tentaciones caseras, sabiendo que determinada cantidad de gente estaría presente en distintos horarios.
Me tocó muchas veces acompañar a mis abuelos, y luego a mi madre a la visita trimestral a casa de sus compadres - padrinos de mamá- Don Prudencio y Doña Casilda, gallegos venidos por la misma época que ellos; y haciendo amistad desde el barco , supongo, y luego compartiendo vecindad en su idéntica condición de labriegos al arribo a nuestras llanuras.
Era curioso el diálogo entre los cuatro ancianos, dado el lenguaje cocoliche de mis abuelos tanos, y el tremendo acento gallego cerrado, sobre todo de Don Prudencio. Pero se notaba sin dudas ese afecto fraterno, construido en el tiempo y con matices casi "de familia".
¿Qué me proporcionaban esas visitas?. ABURRIMIENTO!! Mucho aburrimiento, al entrar en esa casa muy pequeña, con olor a humedad porque no abrían los ventanales del frente. Sentada en una sillita baja de la cocina, y sin objetos amenos a la vista, salvo algunos abanicos y castañuelas de adorno sobre una repisa. (Con el tiempo, recibí de regalo una mantilla fina, abanico y castañuelas de madera traídas por Doña Casilda de uno de sus viajes a España).
Mientras tanto, a mis cinco, seis, siete años qué podía hacer en medio de esas reuniones de adultos mayores?. ¿Qué hace un niño/a aburrido?. Observa, escucha, y -si le preguntan algo- interviene.
De tanto observar, podría hacer hoy un retrato a mano alzada de Don Prudencio. Su enorme boina negra, su semibarba canosa, su vozarrón con carraspera agregada, un largo gabán negro de paño que siempre llevaba puesto con una bufanda escocesa ya deshilachada. Una pipa siempre encendida en su mano callosa y deforme, lo cual -además- me despierta la memoria olfativa: Don Prudencio y su figura enorme y oscura, venían envueltos en un olor tremendo a tabaco. Y eso era suficiente para ponerme a buena distancia.
Doña Casilda era un sol, un cascabelito. Gallega blanca como la leche, pecosa y de ojos celestes; pelo rubio, casi pelirrojo ensortijado y muy finito hasta los hombros, siempre sonriente. Con mantón de flecos de diversos colores. Voz musical, y al saludarla o acercarme siempre olía a talco suave, o algo similar al Heno de Pravia. Dulce mujer, dulce su acento y sus frecuentes risas cantarinas .
Los cuatro bebían mate amargo o café. ¿Para Norita? Caramelos, claro!! Otro recuerdo imborrable!! No eran caramelos de leche, o masticables Sugus de fruta, o los ácidos de Bonafide que compraba siempre mi abuela...(en forma de gajitos con sabores de los tres cítricos)
¡¡No señor!!
Eran caramelitos "Media Hora" que nunca me gustaron en la vida. Sabían a remedio y creo que llevaban años en un potiche de vidrio del living. Como entretenimiento solitario , mientras trataba de que se disuelvan pronto en mi boca, estiraba bien el envoltorio y lo enroscaba luego en un dedo para darle forma de copita.
No había muchas variantes en esas visitas. Algunas veces nos esperaban en el patio alargado, con parral y un pequeño gallinero al fondo. Me entretenía a mi modo, mirando macetas, o juntando algunas hojas caídas del parral, para hacer mi propio abanico o colección de hojas por tamaño. Y llevaba conmigo mi muñequita Pierángeli, la más bonita por aquellas épocas.
Doña Casilda, acariciaba maravillada esa muñequita con piel similar a los bebés, como compartiendo mi apego y amor. Ellos tenían dos hijos varones, que ya vivían solos en el campo desde el retiro de los padres a la ciudad. Aún solteros, así que ni nueras ni nietos a la vista. Mucho menos, entonces, ver en ese hogar una muñeca.
Y ya, desde mi más temprana edad, ella me tomaba las manos entre las suyas, y me decía: -"Cuida bien a la niña"...
Mi lógica interna se preguntaba:-"Pero si acá la única niña que todos tienen que cuidar soy yo! Soy la más pequeña..." Era evidente que Casilda, a su modo, quería compartir mi juego de ser "La mamá de Pierángeli". Me tomaba ambas manos entre sus palmas suaves y calentitas, y lo repetía al despedirnos. Ella, cariñosamente, había buscado una conexión conmigo que yo agradecía, y me hacía sentir algo importante en medio de esas visitas tediosas.
Pasaron muchos años. Todo fue cambiando, las visitas más esporádicas, yo joven y con mis estudios, iba con mi madre, porque los abuelos ya no salían. Y con el tiempo, fallecieron. Doña Casilda, cual ritual, me despedía tomando mis manos entre las suyas, y con una mirada penetrante, repetía nuestro pacto de la primera infancia, como demostrando su memoria y complicidad en algo que nos uniera. "Cuida mucho a esa niña". Yo le decía que sí, porque sin esa respuesta, no soltaba mis manos. (Claro que ya salía a bailar, y la muñequita estaba guardada en el rincón del olvido)
También falleció Don Prudencio, que era mayor que Casilda. En esas últimas visitas, antes de casarme, la anciana había encanecido totalmente, caminaba muy encorvada, y usaba bastón. Pero sus ojos celestes siempre estaban luminosos, y su sonrisa, más tenue pero con dulzura y calidez. Agradecida por esos minutos de compañía que le brindábamos, aunque ya no estaba sola, porque la asistían por turnos las nueras de ambos hijos ya casados y alguna nieta.
En una de las últimas veces que la vi, ya estaba un poco desmemoriada o - pensé yo- perdida. Hablaba menos y en sus ojos había un brillo casi lacrimógeno que tal vez anunciara una despedida que ella presentía. Y al irnos, de todos modos no dejó de tomarme la cara entre las manos para besarme, y decirme mirándome fijo: -"Cuida a mi niña, no lo olvides-"
Me di cuenta de que tal vez estuviera un poco desubicada en tiempo o situación, porque Pierángeli era mía. Le tomé en esa ocasión yo las manos arrugaditas y débiles, y le prometí que cuidaría DE SU NIÑA, hasta que sonrió y quedó asomada a la ventana al irnos. Fue -en efecto- la despedida, porque luego no volví a verla, y me enteré de su partida en el siguiente año.
Quedó en nuestra casa familiar un hermoso mantel de hilo calado bordado a mano por monjitas de clausura en las Islas Canarias, comprado por Doña Casilda. Y entonces, la traíamos al recuerdo en esos usos especiales: Comuniones, Bautismos, Bodas, donde ese mantel largo para un servicio de veinticuatro personas, fastuoso e importante, engalanaba la mesa principal.
Pasadas ya las instancias festivas familiares propias y de hijos, sobrevino la etapa normal -de desvelos y fatigas- de acompañar a mis padres en su última etapa de ancianidad. Papá tuvo una partida casi repentina, con sólo una semana de internación. Mi madre, en cambio, agudizó una patología crónica que le permitió vivir más años, pero con total asistencia respiratoria y controles de enfermería. Decisiones, logística compartida con mi hermano, compañía, recursos, horarios disponibles, y todos los medios para mejorar su calidad de vida y atenuar sufrimientos.
Y una tarde, leyéndole un libro, cebándole mate, llevándola de la mano y despacito a caminar por el jardín, recordé la frase tan trillada: "Los roles se invierten y los hijos pasan a ser padres de sus mayores". Me estaba convirtiendo en la madre de mi mamá, por sus demandas, permisos, sorpresas que la ponían feliz, mini fiestitas de sus cumpleaños, compra de su ropa, abastecimientos de remedios, etc. etc."
DE PRONTO SE ME PRESENTÓ EN LA MENTE - (...¿o en el corazón?) DOÑA CASILDA, DICIENDO :- "CUIDA A MI NIÑA"-
Todo fue tan claro de repente!!. Su querida madrina, con un entrañable amor por la única ahijada que tenía, pensando que no estaría eternamente, y desde que me conoció, encontró en mí la garantía de que Anita sería cuidada. LA NIÑA, MI NIÑA, ESA NIÑA de la promesa que me pidiera, era mi madre ANITA ( No mi muñeca Pierángeli que dejé a los trece años...).
Así se lo recordé a mamá; le dije:-"Te estoy cuidando porque te quiero y también porque se lo prometí a tu madrina, que te quería como una segunda madre. Vos eras su única niña elegida." Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras decía: -"Siempre supe cuánto me quería, y cómo me mimaba cuando era chiquita!. Su sueño era haber tenido una nena, pero sólo nacieron dos varones, y pasé a ser su niña especial"-
Y cuando llegó el día de acompañar su último sueño, no solté sus manos, no dejé de acomodar sus cabellos, de besar su frente, de decirle que descanse, y custodiar su partida. Fueron largas horas, calmas y tiernas, con la seguridad de todo lo hecho por ella. Con la certeza de que no soltaría a esa "niña -anciana" que me habían encomendado hacía cincuenta años ( sin que lo entendiera en ese momento). CUIDÉ A ESA NIÑA HASTA EL ÚLTIMO SUSPIRO. Mi hija Aldana me acompañaba (¿tal vez ella me estaba cuidando a mí?...).
Deseo creer que al dejar ella este plano, Casilda, su querida Madrina la estaría esperando. Y me alegro de haber entendido su mensaje firme y repetido por años y años.
Creo que, en poco tiempo, comenzaré a decir "CUIDA A MI NIÑA- CUIDA A MI NIÑO" a mis nietos: Y por las dudas, les contaré el significado de la frase.
Porque mis hijos son lo que más amo en el mundo; y no podré estar en el momento en que precisen nuevamente paciencia, amor, atención y contención (como la que les pude proporcionar en la infancia)
(©Nora Casali)

Una bella parábola. Un tiempo circular que sin pretender ser borgesiano cierra un ciclo en una evocación del mundo de Nora, al cual no sólo nos tiene acostumbrado sino por el cual se dispara como evocador de los nuestros.
ResponderEliminarAsí es: sin querer, este recuerdo "me cierra un ciclo". Y seguiré buceando en esas aguas, mientras la memoria no me falle... Gracias a repetición, Ricardo!
EliminarPor Dios Nora! Me hiciste lagrimear, muy emotivo tu relato y también me hizo recordar las visitas que hacia con mi abuela a la casa de mi madrina
ResponderEliminarGracias amiga por compartir tus recuerdos, ello hace revivamos los nuestros.
💖💖💖
Esta vez, la moneda cayó para el lado de la lágrima en muchos. Gracias por la valoración y por permitir que tus propios recuerdos se hagan presentes!.
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ResponderEliminarQué hermosos recuerdos primi....Recuerdo a Casilda de nombre, tengo olvidada su imagen, quizá porque no la frecuentábamos. Pero sí tu narración me lleva a nuestras visitas de domingo a parientes o vecinos y se vuelven muy vívidos. Sabíamos qué esperar de cada lugar que visitábamos, o beber los restos de "licor de anís" cuando se iban los que nos visitaban.. Ja ja....
Tus reflexiones del final siempre emocionan sobre todo porque compartimos Familia y vivencias y sé a lo que hacés referencia; pero por sobre todo celebro la capacidad que tenés de interpretar el significado de los mensajes" llegado justo el momento en el que cobran sentido.
Te quiero mucho, disfruto estos regalos que nos hacés. Emi
Primi Emi: lamentablemente nunca encontré fotos de ella, entre cosas de mis padres. Y claro que has compartido mismo sistema de visitas y cortesías. El licor de anís me remite a "Alvarado y Casanova"!!. Gracias por tanta lectura atenta , y por valorar estos retazos de nuestra historia, compartida en parte. También te quiero mucho. LAS quiero!, somos un bloquecito potente!
EliminarTodos tus relatos me emocionan. Se me llenan los ojos de lágrimas al leerte. Serán los años, o los recuerdos que despiertan ?
ResponderEliminarLili, pienso que las emociones no tienen edad: sos tan sensible al leer, como yo al escribir. Y me encanta enviarte a veces estos textos, porque sé que te acompañan en tus días un tanto agobiantes.
EliminarHola Nora, soy la hermana de Susana López. Leí tu relato, hermoso! Al leerlo parecía que se recreaban las imágenes que describías. Por la edad de Su y mía, cimpartimos ese recuerdo, y puedo decir que es muy cierto.
ResponderEliminarMi mamá nos llevaba a visitar señoras mayores que habían sido amigas o familiares lejanos de sus abuelos. Y algunas imágenes, se repiten. Gracias por traer a mi memoria tan gratos recuerdos. Cariños y un beso de Susana.
Tere y Susana. Me alegra que les haya gustado este relato. Gracias por la devolución!!
EliminarTe felicito Nora.yo sin conocer tu familia hiciste una descripción de tu infancia
ResponderEliminarQuizás en una ciudad como Bahia Blanca tendrían esas visitas que hacían,no recuerdo en la mía si la visita a mis abuelos paternos y coincidimos en la muñecaPier Angeii también tuve la Mariquits Pérez
Pasaron tantos años,soy mayor que vos .creo que tuve otra la Marilu
Felicitaciones parece un cuento de una escritora famosa
Abrazo Elsa S
Me alegra, Elsa, de que hayas visto un poco de mi infancia. Acá eso se estiló mucho entre inmigrantes, que al tener poca familia a su arribo, establecieron lazos muy firmes y entrañables con vecinos o familias políticas; o gente emparentada en tercer grado. Soy escritora, sin dudas! No soy famosa, ni lo quiero ser... he allí la diferencia?
EliminarGracias Nora !!! por tu relato ,tan Bellamente contado !!
ResponderEliminarGracias, Telly! Siempre me gusta compartir estas vivencias. Y si tocan los corazones, mejor aún....
EliminarHola Nora
ResponderEliminarOtro hermoso relato.
Al escribir vas contando uno a uno cada detalle. Y se nota el cariño y tanto recuerdo con dulzura.Y me llevo a los míos,que fueron así,tal cual.
Gracias por traerlos porque,lamentablemente los había perdido!
Abrazo.
Gracias por leerme, y comentar. Estas palabras afectuosas siempre son un estimulo!
EliminarHermoso relato, que me trae muchos recuerdos. Soy Cristina F. Es completamente cierto que los hijos nos convertimos en los padres de nuestros padres,a mi actualmente, me está sucediendo eso. Me y me hace muy feliz que así sea. Me hiciste emocionar mucho con tu cuento. Gracias.
ResponderEliminarGracias, Cristina!. Me encanta tu comentario. De a poco, vamos cambiando etapas y se deben aceptar. Gracias a vos, por leerme!!
EliminarEste relato me pegó fuerte. Tuve situaciones parecidas, en cuanto al aburrimiento y demás, jajaja, pero ese final de "cuida a mi niña", automáticamente pasó a verme diciéndole eso a mi nieta, y no pude dejar de llorar.....
ResponderEliminarAsí es!.. es lo único que podemos hacer para imaginar esos futuros que llegan más pronto de lo que imaginamos!. Gracias, Emilse... (tus hijas aún son un poco más jóvenes que los míos!)
EliminarHola Nora, emocionante relato, no pude dejar de emocionarme y de revivir cosas olvidadas, hermosa tu forma de redactar. Te seguiré leyendo.
ResponderEliminarGracias por leerme, y en este caso, revivir emociones. Es grato poder escribir, y dar forma a recuerdos que nos componen.
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