MI PAPÁ LLORÓ DOS VECES...
(©Nora Casali)
Puede parecer pretensioso asegurar que una persona lloró dos veces en sus noventa y dos años de vida.
Sin embargo, no miento al afirmar que YO, SÓLO LO VI LLORAR DOS VECES...
La primera vez: fue en pleno invierno del año !960. Llegué de la escuela un día de semana, y mi madre me sirvió el almuerzo, preparó una bandeja con otro almuerzo, y se dirigió a su dormitorio. Allí me di cuenta de que había llegado mi padre del campo - cosa extraña, porque siempre venía los viernes, y era mitad de semana- Y no salía del dormitorio a puerta cerrada - otra cosa rara, aún si hubiera estado enfermo-
Mucho silencio en la casa, muy seria mi madre. Al terminar de almorzar, me asomé sin permiso al dormitorio, y mi padre no estaba acostado. Lo vi sentado y vestido, con los ojos enrojecidos y la cara como hinchada de tanto llorar. No había tocado su plato de comida. Me miró sin hablar y agachó la cabeza para que no lo viera en ese estado... pero ya lo había visto. Cerré la puerta, y al preguntar a mi mamá, me dijo:"- Prepará los útiles y libros, nos vamos al campo por unos días y faltarás a clase-"
En una o dos horas ya estábamos en camino, mi padre conducía sin hablar, destruido anímicamente.
Vencido.
Al llegar, si bien me habían contado lo sucedido, el espectáculo era dantesco. Una imagen impensada de tragedia y desolación. Surrealista y espantosa.
Estoy hablando del año 60, época de una terrible sequía en todo el Sudoeste bonaerense. Meses y meses sin llover, la tierra degradada y con desertificación, la mayor catástrofe climática recordada en la región. La crisis agropecuaria, afectó a todos los productores de granos. Obligó a endeudarse y en extremos perder el patrimonio. Otros, vendían todas las haciendas para tratar de solventar pérdidas y mantenerse a flote sin otras actividades rentables a la vista.
En este contexto, mi papá había estado alimentando con productos balanceados caros y rollos de alfalfa a gran parte de la hacienda, para poder vender en buena condición de peso. El día anterior había seleccionado ciento sesenta novillos y vaquillonas para enviar por camiones- jaulas al Mercado de Liniers. Según cálculos, esa venta daba para sostener gastos, sueldos, insumos para maquinarias holgadamente casi un año.
Con su peón habían apartado esos animales seleccionados, habían estado toda la tarde acercándolos a los corrales, para que al día siguiente, se cargaran en los camiones pedidos, de acuerdo a la Carta de Porte.. Pasaron por lo tanto la noche en los corrales pelados, ya sin alimento.
Cuando llegó el amanecer, mi padre miró -no queriendo ver lo que veía...- por la ventana. Toda la hacienda encerrada (TODA) muerta, hinchada, patas para arriba como muñecos de goma inflados. Durante la noche, con fuerte helada, habían comido unos cardos rastreros que al congelarse se vuelven tóxicos. Murieron ciento sesenta animales antes de que salga el sol. Todo el respaldo económico para un año de crisis.
Cuando llegamos, había al menos quince personas de la zona, cuereando vaquillonas, lo cual daba aún más aspecto fantasmagórico al verlas. Tractores de vecinos iban y regresaban, llevando a la rastra de a tres o cuatro animales ya cuereados, a la cima de una colina, lugar que desde ese día llamamos "el cementerio de las vacas". Tardaron mucho tiempo en descomponerse al ser pleno invierno, y desde lejos se veía esa fila de cadáveres vacunos.
Era realmente para llorar.
El frío intenso, la tierra reseca, sin una mata verde, los cardos rusos enroscados que pasaban volando como si fuera el Lejano Oeste, la gente en silencio trabajando y el olor a sangre y cueros.
Pasaban muchas personas a ayudar. Otros, desconocidos, a sacar fotos. Fueron días de duelo real, a pesar de que mi corta edad impedía dimensionar el alcance y proyección de lo sucedido.
Con el tiempo - como todo- se fueron acomodando las cosas, y las actividades retomaron la normalidad. Yo me iba en tardes de verano, a juntar calaveras, dientes, costillas y tabas para llevar al museo del colegio. Las aves de rapiña, en cantidades inusitadas, ya se habían dado un festín.
La segunda vez: fue en el año 1980, veinte días después del nacimiento de mi tercera bebé, también en el campo.
Era un hermoso amanecer de verano - primeros días de Noviembre- ventanales totalmente abiertos, sol asomando de a poco, canto de muchos pajaritos, torcazas, tijeretas, cabecitas negras y cardenales. Aire tibio.
Inclinado sobre la mesa de la cocina, mi padre se puso a llorar desconsoladamente, diciendo : "-Quiero irme da acá y que no volvamos nunca mas"-
Fue el más triste amanecer de nuestras vidas. Tras una noche fatídica y eterna, en que una banda de cinco encapuchados, ingresó a la casa a modo de Operativo Comando, y mientras robaban cuanta cosa encontraban y destruían hasta los artefactos de los baños, nos amenazaban de muerte, y disparaban al aire y a las paredes.
Nos tuvieron de rehenes durante ocho horas, desde las 23 hs. (yo estaba amamantando a Antonela, era la única despierta cuando entraron) hasta las 7 hs. del día siguiente, en que los tres hombres de casa -mi padre, hermano y marido- lograron forzar la puerta del sótano donde quedamos finalmente encerrados.
Fuimos asaltados, maltratados, violentados verbal, física y psicológicamente, vejados, y encerrados en distintos lugares según sus antojos. Simulaban ejecuciones de cada persona que llevaban afuera. Ladrones que se fueron alcoholizando con el pasar de las horas, y daban órdenes secas, a la vez que gatillaban armas sobre mis hijitos y se lanzaban mi beba recién nacida de uno a otro como si fuera un paquete.
Ese amanecer, no sólo mi padre lloraba. Todos lo hacíamos, en paños menores, abrazados y aliviados de sabernos a salvo tras la pesadilla. No habían dejado ni café ni saquitos de té siquiera, la devastación total: desayunamos agua.
Ese día se terminó en toda la zona la era de dormir con ventanas abiertas mirando la luna. De no tener farolas potentes en las inmediaciones, de abrir la puerta para asomarse a ver, si ladraban los perros de noche.
Ese día descubrimos que de nada sirven las armas (había una escopeta y algún fusil detrás de cada puerta; y una pistola en cada mesa de luz de la casa) cuando los ladrones profesionales son quienes dan las órdenes.
Ladrones profesionales de noche; Policías Federales de día. Qué sorpresa!! De Grupos especiales de Operaciones. Los mejores tiradores...(cuatrocientos efectivos de todas las fuerzas tuvieron que rodear su manzana el día del procedimiento, a las 4 AM - nos avisaron a esa hora- cuando los lograron detener, más tarde juzgar y encarcelar luego de cuatro asaltos de similares características, con privación de libertad en zonas rurales de la región).
Otra vez, en menos de dos meses, volvió la normalidad, todo se supera, si se pone el pecho a los obstáculos... Y en esa Navidad estuvimos nuevamente todos juntos en el mismo lugar - con huellas del tiroteo en las paredes- brindando por la familia y por la vida. Que siempre hay que valorar por encima de contingencias y pruebas.
Pero fuera de esas veces, nunca más lo vi llorar. Ni antes, cuando murieron sus padres, ni cuando me llevó al altar, ni cuando conoció a sus nietos. Ni por una película emotiva, ni cuando pisó la casa de sus ancestros en Italia.
Me enteré por boca de un amigo de la familia de una tercera vez, que yo no presencié. Y que me fuera contada en su velatorio, muchos años después del hecho.
Yendo Miguel Ángel B. por la ruta, frente a nuestro campo, vio el tractor trabajando a lo lejos y tocó bocina para saludar. Sabía que mi papá estaba arando, actividad que siempre le gustó hacer . Vio que el tractor estaba detenido. Le llamó la atención. Conociendo su avanzada edad, frenó, se bajó de la camioneta y comenzó a cruzar el campo a pie hasta llegar al tractor. Lo veía inclinado sobre el volante y pensó que podría estar desvanecido. Al llegar al lado, mi papá levantó la cabeza, llorando visiblemente. Miguel Ángel le preguntó qué le pasaba - no era normal ver a Don Alfredo quebrado..- y sus palabras fueron: -"Tengo ochenta y tres años, estoy sano arriba de un tractor, y tengo una hija de menos de cincuenta que puede morirse de cáncer"-... y allí le contó de mi enfermedad.
Eso me lo dijo frente a su ataúd: "-Cómo te quería tu papá !!"- Quedé atónita. Saber que había hecho catarsis, aferrado a su tractor, con alguien ajeno a la familia por testigo, mientras delante mío siempre disimuló su angustia.
Yo estaba curada. pero no pude agradecerle esas lágrimas de los tiempos difíciles. Me enteré tarde.
Mi padre visto desde mis verdes años, era un Jorge Newbery, que piloteaba su Stinson 108-3 de cuatros plazas para llegar más rápido a la ciudad, o a Don Torcuato en Bs. Aires.
Era una especie de Rockefeller, porque siendo un campesino, se unió a comerciantes de la ciudad para construir el edificio de La Comercialina, y compró el Piso 11 entero, para poner sus oficinas por unos años.
Era una especie de Aníbal Troilo, porque muy joven y sólo con estudios hasta cuarto grado aprendió a tocar el bandoneón -por correspondencia- en un altillo del campo mientras los demás dormían, y armó su orquesta ( famosa en la zona, en tiempos de su soltería)
Era una especie de Kissinger, porque lograba destrabar burocracias y temas crónicos en la zona de C.Pringles y Estomba, logrando que se concreten puentes y otras mejoras, que estaban en espera desde larga data.
Era su propio abogado, litigando contra el Estado, y recuperando unas tierras que le había expropiado indebidamente Carlos Toranzo Montero. (Nunca supe bien quién era, pero ese nombre del militar sonaba mucho cuando le ganó la demanda)
Era un economista pragmático que multiplicó al triple con trabajo propio y férrea administración la pequeña fracción que le dejaran sus padres a cada uno de los siete hijos.
Era un financista, porque reunió a profesionales bahienses, para organizar legalmente y abrir la primera financiera de Bahía Blanca: "La Inversora bahiense."
Era un visionario, porque abrió un restaurante sobre la ruta, que por esa década de los 70 no prosperó. (Hoy hubiera sido un éxito). Y al cerrar, redobló la apuesta, cediéndolo para que fuera una Escuela Técnica Agraria. (CEPT num3)
Era un soñador, porque parceló un Loteo con todas las Nomenclaturas y habilitaciones, para hacer "algún día" un pequeño poblado. El Paraje lleva su nombre, señalizado por Vialidad Provincial: PARAJE "DON ALFREDO"
Era un ser curioso y ávido de vida, que ya con noventa años decidió ir en un Tour (mi madre no lo acompañó) a conocer parte de Brasil y las Cataratas del Iguazú. Tanto le gustaron, que a los noventa y uno volvió a ir!!. Le dieron un pergamino firmado por todos sus compañeros de viaje al mes de regresar, en una comida de la Agencia. El pasajero más anciano y más sociable que tuvieron.
Parece que los hombres así, no son de llorar. SON DE APRETAR LOS DIENTES Y SEGUIR.
O no...
Era querido y criticado. Era admirado y considerado a veces maleducado. Era duro, algunos en la zona lo llamaban "El látigo". Otros lo trataban de loco. Sus empleados fieles lo amaron hasta el fin de sus días. Los incompetentes, lo insultaron y difamaron. Los sobrinos lo admiraban y festejaban por ser el tío menor de esos siete hermanos. Fue muy generoso, aunque a veces lo trataban de tacaño. Fue divertido, aunque a veces mostraba sin disimulo su mal humor hasta la grosería.
Ambos hijos tuvimos con él cruces fuertes, y distintas ideas acerca de muchas cosas. Pero él se mantuvo en las suyas, aún a riesgo de ciertas distancias por bastante tiempo.
Este básico perfil sirve para volver al título: ¿Mi padre era insensible? ¿O era de esos que pensaba que "Un hombre macho no debe llorar"? ( como el tango)
No era insensible quien hacía durante seis horas el mejor corderito al asador que he comido, por darnos un gusto. No era insensible quien en los restaurantes pedía sopa sólo para tomarla haciendo ruido, mientras nosotros moríamos de vergüenza, y le pedíamos por favor que terminara con ese chiste. No era insensible quien contaba mil veces el mismo cuento y se empezaba a reír solo él mismo antes de terminarlo.
No era insensible el abuelo orgulloso que pasaba por el jardín de infantes (primer trabajo de su nieta mayor) a dejarle facturitas. No era insensible quien le mostraba a Aldana el traje que ya tenía preparado para ser padrino de su boda. No le dieron los tiempos...
Esa incapacidad de llorar en la adultez, no significaba ausencia de emoción, sino una estrategia aprendida como defensa, en ese modelo de rigidez familiar donde fue criado, donde "mostrar el llanto o liberar emociones felices significaba debilidad".
Entre todas esas facetas de su personalidad (las conocidas socialmente) había una tremenda cicatriz emocional, el corte violento del derecho al afecto y la emoción. Lo comprendí, la segunda o tercera vez que escuché un relato de su propia boca, como "curiosidades" de su vida adolescente. La primera vez no podía relacionar lo que hoy sé.
Nos contaba :
-"Cuando yo tenía unos catorce o quince años, tenía que salir a pasar el arado de mancera- es decir roturar la tierra con un arado que es arrastrado por un caballo- y por ese tiempo todos, grandes y jóvenes tenían que salir al amanecer y volver al ponerse el sol. Incluidas mis hermanas embarazadas. La tierra se trabajaba así para preparar la siembra, y menos los días de lluvia, la tarea era ardua"-
-" Mientras se abrían los surcos y despejaban pajonales, en un sector apareció un nido de ñandú, con el macho ya incubando un montón de huevos: yo pasé al costado, sin molestarlo, y así todo el día y los siguientes en el surco. Lo mismo al pasar la rastra. Rodeaba al nido por el costado, haciendo una leve curvatura, para no molestar la nidada. Y un día, veo asomarse unas cabecitas peluditas como bolitas de billar. Habían nacido los charitos!."-" Me puse a acariciar a los que podía, y mirarlos un rato"-
(Mi padre contaba esto totalmente emocionado, como si viera nuevamente a esos charitos, como si fuera un niño..)
-"Seguí pasando la rastra en todo el cuadro, y vi avanzar a papá en mi dirección. "- (mi abuelo...) -" Me dijo que desde el altillo había estado mirando esos días, y el surco no estaba derecho, había un desvío, una curva ancha. Le dije que yo había torcido dos surcos para no molestar al ñandú!.. y le mostré los charitos, que andaban escondidos cerquita del nido" "-Papá tomó un hacha que traía, buscó una piedra grande, y uno por uno degolló a todos los charitos, les cortó la cabeza"
(Su voz se entrecortaba cuando llegaba a esta fábula oscura, y lagrimeaba...Su padre le recordó de un modo brutal que en su mundo, el trabajo perfecto valía más que esas frágiles vidas. Además, Y LO PEOR: con ese acto cruel, el hacha había hecho un corte violento de por vida al derecho del jovencito a su emoción y elección)
-"Me dijo que cada metro menos de surco era un kilo menos de grano. Que esperaba que hubiera aprendido la lección y que no la olvidara". ¡¡Cómo iba a olvidar eso!! eran tan lindos y chiquititos, pobrecitos!!... No podía decir nada. Un nudo de silencio y pena me cerraba la garganta... y tuve que seguir el trabajo."-
Mientras relataba, ahuecaba sus manos como teniendo un pichoncito entre ellas, era muy conmovedor escucharlo, porque repetía como un niño.:- "Eran lindos!, eran tan chiquitos"!- Y sonreía con los ojos anegados, como mirándose hacia adentro, donde podía ver la escena.
No escribo para juzgar la historia y sus circunstancias...Al inicio del Siglo XX, cuando llegaron los abuelos, los principios imponían el ideal "del sacrificio", y "autocontrol de las emociones". El núcleo familiar era formador de valores y dura disciplina; y se privilegiaba la productividad y la obediencia por encima de gustos personales. Todo ocio o preferencia individual, era tomada como inmadurez o pérdida de tiempo o ganancia. Esa cultura predominaba sobre todo en zonas rurales.
Sólo puedo decir que ese hombre - mi padre- que trataban de rudo, de duro, "El látigo", debe haber llorado muchas veces de pequeño, antes de darse cuenta de que apartarse del trabajo o dejarse llevar por la ternura podía costarle sanciones. Aprendió que llorar era peligroso, y que hasta la alegría podía costar cara.
Por eso, quien lo juzgaba como frío, nunca supo que lo que le faltaba no era sentimiento.... SINO PERMISO.
Por suerte, todo ese llanto no desaparece, queda retenido: y en esas breves narraciones que hacía, las lágrimas caían libres como si el tiempo y la intimidad con nosotros le hubieran dado ese breve alivio.
Como me parezco bastante a él, quiero honrarlo diciendo que también salí soñadora. Cierro los ojos... y puedo soñar con una bandada de ñandúes grandes y libres, corriendo con alas abiertas por nuestras llanuras...y si esos fueran "sus charitos" crecidos, hubiéramos recibido más besos y abrazos.... y yo hubiera aprendido a darlos más seguido.
(©Nora Casali)
Extraordinario relato. Con una vuelta de tuerca por una proyección psicológica y contrafáctica que lo enriquece y lo eleva aún más.
ResponderEliminarFuerte, verdad? Tratar de conectar causas y efectos... Y revivir cosas que lo traen de vuelta a nuestros diálogos en familia. Gracias, querido Ricardo, también por tu detalle personal por privado.
EliminarBellisimo....adorable y entrañable abuelo....mi compañero de chistes en las Navidades...la cazaste????
ResponderEliminarNos quedó pendiente la entrada al altar 🤍
Eso es lo bueno de estos relatos... traerlo de nuevo en lo que cada uno recuerda. Gracias, Aldi... el abuelo - muy a su modo- quería mucho a los nietos!!
EliminarNorita Hermoso relato. Uno puede vivir ese momento. Gracias por compartirlo
ResponderEliminarGracias, Fernanda. No sé si pudiste leerlo entero. Algunas amigas lo han recibido fraccionado. Termina con mi firma al final. Como siempre, me gusta ser descriptiva!! Beso grande
EliminarHermoso relato, Imposible evitar las lágrimas. La dureza y sensibilidad de un hombre de campo. Pionero, inteligente, trabajador. Buen hombre.
ResponderEliminarGracias, Fanny!. Me costó bastante hacer estos relatos. Intenté marcar algo de lo que vos sabés mucho!. También lloré al escribir... Besos
EliminarQue emoción linda historia de vida nos gustó a mi y mi marido Fabián soy lore
ResponderEliminarGracias , Lore!!. Por leerme y además compartir con Fabián !. Abrazo.
EliminarPese a q tenemos una diferencia generacional, yo hija de tu prima, ella de las mayores y vos la menor, todo lo q contas me trae recuerdos similares, y las mismas preguntas. Siempre traté de entender porque su actuar, porque no se permitían abrasar, expresar mucho menos, descansar, etc etc. Casi q hoy en día, si me siento a no hacer nada, me parece escuchar.....ya estas paveando!!!!!!!. Tanto de mi mamá como de mi abuela. Q 'duros" eran. Cuanto habrán sufrido por ello. Hoy, ya grande los entiendo.
ResponderEliminarRecuerdo con mucha impresión, lo sucedido en el '80, no lo podía creer.
Admiro tu capacidad para revivir terrible situación!!
Hola Emilse: siempre digo que me siento mucho más cerca de mis sobrinos segundos ( como vos, las chicas de Tacchetti, los hijos de Enzo, los de Rául, Luis, Juan Casali) que de mis primos hermanos. Cuando yo nací , muchos de ellos se estaban casando! Respecto a su dureza y su inextpresión emotiva, es lo que traté de graficar con estos escriros. Lo del ochenta lo procesé de inmedito: ver a mis niños vivos y que no recordaran esto por ser tan quiquitos, era más que suficiente. Para mi, no fue ni más ni menos que un accidente: hay gente que choca con un camión, a otros se los lleva puesto un tren... Nosotros chocamos con una banda de forajidos inescrupulosos y bien entrenados. En mi caso, ni rastro de eso, hay siempre cosas peores que no tienen remedio.
EliminarGracias por leerme siempre! creo que tenemos muchos recuerdos similares, y por eso te emociona.
Nora, que habilidad para describir eventos !!! No podia dejar de leer!! Bah!! Como siempre!!! Que historia tan conmovedora!!
ResponderEliminarGracias, Susana!. me alegra que te haya conmovido. Es una de las cosas más fuertes que he escrito, por el momento! Abrazo, de vecina a vecina!
EliminarSoy Cris. Hermoso relato,de un papá, que fue criado en el campo, bajo estrictas normas rústicas de esa época. Hombre serio, trabajador, sufrido que supo llevar adelante una familia y solo con cosas que no pudo cumplir. Excelente recuerdo de él
ResponderEliminarGracias por tu lectura y análisis . Se trata de entender un poco las razones de ciertos comportamientos, y modificar la gestión de emociones actuales.
EliminarHola Nora
ResponderEliminarDeje pasar mucho tiempo para leer tu relato.Disculpas.Me entretuvo la vida de cada día. A veces se complica y nos ocupa totalmente,la cabeza.
Conmovedor,triste pero,a la vez,edificante. Cómo hacen crecer esas experiencias!Ya no veo ese sacrificio,ese hacer cada vez más y mejor!.Ese esfuerzo, ese reto,de ir más allá.Todo se ha vuelto rápido,ya,ahora.Nada que perdure.
Me hizo recordar el esfuerzo de mi padre, inmigrante. Puesto en un barco por su madre y llegando,con una gorra por equipaje,
a tierra desconocida.
Así fueron, el ejemplo que creo,debemos honrar.
Gracias por compartirlo. Ejemplo que hace que hoy, lo recuerdes con amor,orgullo y respeto.
Abrazo.
A
Muchas gracias, por el análisis claro y las reflexiones que surgen de él. Vivimos otros tiempos y con otros modelos a la vista. Pero siempre me parece bueno recordar el contexto histórico de nuestros padres, para comprender tantas cosas!!
Eliminar